LA MEDICINA INTERNA


                                 Budismo para cristianos

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Atman

            Uno de los grandes defectos que se han imputado al budismo en Occidente es la afirmación de que es una religión sin Dios y que niega la existencia del alma. En cuanto a lo primero, ya se ha probado la existencia de Dios, el Absoluto o Alma Universal, en el capítulo titulado “El sermón del Kohana”. En cuanto a lo segundo, es el tema en el que me voy a ocupar en el presente capítulo, ya que suele confundirse el “atman” con el “alma” propiamente dicha. Las líneas que siguen resultan de la fusión de dos textos diferentes, uno anterior y otro posterior al viaje del Buda a Kapilavastu, pero ambos con una base común, el “atman”, llamado “yo” por el Bienaventurado.


            Pero ¿qué es el “atman”?. En un intento de definirlo, diré que es la personalidad del individuo, el “yo” inherente a cada cual, que se liga necesariamente al cuerpo del que depende en todo momento, de forma tal que al finalizar la vida corporal, termina a su vez la existencia del atman. Este concepto debe diferenciarse claramente del concepto de “alma”, la cual constituye un auténtica entidad que, aunque va unida al cuerpo, persiste aunque el cuerpo perezca.


            Pero aún hay más: El atman no existe, ya que su existencia es relativa por ser una irrealidad permanente, un engaño, una ilusión, ya que si consideramos el atman como la personalidad del individuo, vemos claramente que está en continuo cambio. O sea, no es lo mismo la personalidad de un sujeeto cuando es niño, cuando es adulto y cuando llega a la vejez. Entraré en estas cuestiones más dedtenidamente en los comentarios al presente capítulo y paso ya a los textos sagrados.


Los textos sagrados


            Dijo el Bienaventurado:


- El que conoce la naturaleza de su personalidad y entiendo cómo actúan sus sentidos, no encuentra lugar para el “yo” y alcanza de esta forma la perpetua paz. El mundo se aferra al pensamiento del “yo”y de esto nace la falsa concepción. Hay quien dice que el “yo” perdura después de la muerte; otros, que prerece. Todos están equivocados y este es uno de los más graves errores. Así, los que dicen que el “yo” es perecedero, aspiran a alcanzar un beneficio que también debe perecer. Si el “yo” no va a perecer nunca, como piensan otros, entonces, en medio de toda vida y toda muerte, existe sólo una entidad sin nacimiento e inmortal. Y si el “yo” es así, entonces es perfecto e inmutable ante las acciones. El “yo” duradero, imperecedero, no podrá cambiar nunca. El “yo” será el dueño y señor y no habrá utilidad alguna en perfeccionar lo perfecto. Los fines morales y la salvación serían inútiles. Pero nosotros sentimos ahora manifestaciones de alegría y tristeza. ¿Dónde está la estabilidad?. Si el “yo” no es el que hace nuestros actos, entonces no hay “yo”. No hay una personalidad que perciba tras el saber, no hay tal señor tras la vida.


            >> Estadme atentos y escuchad. Los sentidos encuentran al objeto y de este contacto nace la sensación. De ella procede el recuerdo. Y así como a través del cristal se produce el fuego por el poder del sol, por el conocimiento obtenido por los sentidos y el objeto nace el “yo”. El retoño nace de la semilla. Y aunque el retoño y la semilla no son un único y mismo objeto, tampoco son diferentes.


            >> Vosotros que sois esclavos del “yo” que desde la mañana hasta la noche estáis al servicio del “yo”, que vivís en el terror constante del nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte, recibid la buena nueva de que vuestro cruel amo no existe. El “yo” es un error, una ilusión, un sueño. Abrid los ojos y despertaos. Ved las cosas tal y como son y reconfortaos. El que despierta, deja de temer a las pesadillas. Aquel que reconoce la naturaleza de la cuerda que tomó por una serpiente, deja de temblar. Del mismo modo, el que ha reconocido que el “yo” no existe, se despoja de todas las pasiones y deseos egoistas. El apego a las cosas, el deseo y la sensualidad, herencia de anteriores existencias, son la causa de la miseria y la vanidad de este mundo.


            >> Rechazad el ávido ánimo de vuestro egoismo y enciontraréis ese estado de ánimo tranquilo y sin pecado que proporciona la paz perfecta, la bondad y la sabiduría. Lo mismo que una madre llega a arriesgar su vida por proteger a su hijo, su único hijo, así el que ha reconocido la verdad dedica un amor ilimitado a todos los seres. Cultivad, pues, un amor sin medida, ilimitado, sin mezclarlo con ninguna idea de distinción o preferencia. Hacedlo a la vista del mundo entero, arriba, abajo, en todos los sentidos. Que el hombre firme permanezca en ese estado de espíritu cundo despierte, cuando esté de pie, cuando dude, al sentarse, al acostarse. No haced el mal, practicad una vida virtuosa y purificad el corazón. Esta es la religión de tiodos los budas.


*     *     *


            - Os quiero mostrar el “yo”, dijo el Bienaventurado:


            >> Los cinco elementos del apego son el “yo”: El elemento cuerpo, el elemento sensación, el elemento percepción, el elemento samskara (factor volitivo) y el elemento vijnana (conciencia). Esto, oh discípulos, es a lo que se llama el “yo”.


            >> Y ¿cuál es, oh discípulos, el surgimiento del “yo”:. Precisamente esta sed, unida a la concupiscencia y sometida al renacimiento.


            >> Y ¿qué es, oh discípulos, la aniquilación del “yo”:. La aniquilación total de esta sed, la renuncia, la liberación.


            >> Y ¿cuál es, oh discípulos, el camino que conduce a la aniquilación del “yo”?: Es el Noble Octuple Sendero.


            >> Los cinco elementos del apego están en llamas. El hombre prudente que presta oído a esta noble verdad y que percibe así las cosas, se siente ahíto del cuerpo, de la sensación, de la percepción, de los samskaras y de vijnana. Y así pierde su apetencia por los cinco elementos del apego y alcanza la libertad. El hombre liberado es consciente de su liberación y dice: “Ha sido aniquilado el nacimiento, la vida de pureza ha sido cumplida y ha terminado la tarea, después del nacimiento aquí en este mundo ya no habrá ninguno más”.


            Un discípulo que estaba sentado al lado del Bienaventurado le habló de esta forma:


            - ¡Oh, señor!, mostradme brevemente la doctrina para que después de haberla oído pueda vivir retirado, solitario y seriamente consciente de la meta a conseguir.


            Y el Bienaventurado dijo:


            - Renuncia a poner tu voluntad en lo que es impermanente y pasajero. Renuncia a poner tu voluntad en lo que está lleno de dolor.


- Entendido, señor.


            - Pero ¿cómo has interpretado, oh discípulo, el sentido de mis cortas palabras?


            El discípulo replicó:


            - El cuerpo, oh señor, la sensación, la percepción, los samskaras y vijnana, son impermanentes y pasajeros. Todo ello es doloroso. Debo renunciar a poner mi voluntad en todo ello.


            - Bien –contestó el Buda-, bien, ¡oh discípulo!, has interpretado justamente mis cortas palabras. En efecto, así debe interpretarse mi corta frase.


Comentarios


            Uno de los mayores empeños del budismo es la negación de la existencia del atmaqn, como único medio de eliminar el egoísmo dimanante de la personalidad. Pero para ello se necesitan dos requisitos fundamentales previos: En primer lugar, definir y delimitar el concepto de “atman”. Seguidamente, demostrar su inexistencia. Si lo primero no es fácil, lo segundo es más difícil todavía.


            En cuanto al concepto de “atman”, me he referido a ello al comienzo de este capítulo, por lo que no voly a extenderme más aquí sobre la cuestión. Baste recordar que “atman” es sinónimo de “yo” y de “personalidad”.


            En cuanto a lo segundo, creo que podríamos repasar un poco los comentarios al capítulo titulado “Los cuatro encuentros”. Allí veíamos que todo cuanto es perceptible por los sentidos es transitorio. Y, para mayor abundancia, dijimos que “transitoriedad quiere decir simultáneamente inconsistencia, alterabilidad, mutabilidad incesante, impermanencia, inconstancia”. Esta transitoriedad, este devenir continuo, puede verse efectivamente en todo cuanto nos rodea. Un ejemplo común es el de un río, cuyas aguas están cambiando constantemente. Si el agua que vemios no es la misma que la de ayer, ¿podemos decir que es el mismo río?. La realidad de hoy es, efectivamente, distinta de la realidad de ayer o de la realidad de mañana. Y todo puede reducirse a la simple evidencia de que cualquier “realidad” lo es implemente relativa al mismo instante en que se la considera.


            Todo lo anterior es aplicable, igualmente, a la persona humana. El cuerpo, evidentemente, se halla sometido a continuo cambio. Por lo tanto, su realidad es relativa: Es real e irreal al mismo tiempo, pues si bien hay un substrato, un nexo xomún en todo instante, no se parecen en nada el niño de ayer, el adulto de hoy y el anciano de mañana. La ciencia médica lo confirma: El cuerpo está constituído por células y éstas están murriendo y regenerándose constantemente, a todos los niveles.


            ¿Y la “personalidad”, el “yo”, el “atman”?. Ineludiblemente, tal concepto forma parte integrante del individuo y resulta inseparable de él. Cada persona tiene perfecta consciencia de su individualidad, de su personalidad. Y la palabra “yo” está presente siempre en todos nuestros actos. Es inevitable, pues, el uso de la palabra “yo”. Decimos “yo hablo”, “yo camino” o “yo siento”. ¿Cómo, pues, decir que el “yo” es ilusorio, que no existe en realidad?. Pero igual que todo cuanto vemos alrededor y lo mismo que nuestro propio cuerpo, la personalidad está en una transformación continua. El concepto de “yo” surge en el individuo sólo cuando éste comienza a razonar y a tomar consciencia del mundo externo y de su propiuo cuerpo. Antes, no. El niño recién nacido no tiene aún, en efecto, consciencia de su individualidad. Esta comienza a aparecer posteriormente y, como sabemos, su personalidad estará sujeta a continuo cambio. En resumen, la existencia y permanencia de la personalidad, del “yo”, es solamente relativa. Podemos servirnos de la palabra “yo” de unja forma superficial, en la vida cotidiana. Pero no podemos admitir la existencia del “yo” (“atman”) si razonamos con suficiente profundidad.


            La negación del atman en el budismo ha servido, como ya se indicó más atrás, para que se haya supuesto que en esta religión se niega la existencia del alma. Este ha sido uno de los principales problemas al que se han tenido que enfrentar las diversas escuelas budistas. Pero sabemos ya que “atman” y “alma” no son la misma cosa. Y para dejar definitivamente zanjado el asunto, me limitaré a transcribir las siguientes palabras del Buda: <Veo que la transmigración del alma está sometida a la ley de causa y efecto, ya que los hombres hacen sus propios destinos. Pero no veo la transmigración del “yo”>.


 

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