LA MEDICINA INTERNA



                            Budismo para cristianos

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La búsqueda de la Verdad

            Aquí, por conveniencia y a efectos prácticos, no incluiré textos completos, sino fragmentos tan sólo, con el fin de resumir todo lo más posible.


                La partida de Siddharta de Kapilavastu, donde se hallaba situado su palacio, tuvo las reacciones familiares que ya pueden suponerse. Suddhodana, su padre, por su parte, da rápidamente las oportunas órdenes para la búsqueda del príncipe, búsqueda que resulta infructuosa, si bien encuentran al mendigo con el que cambió sus ropas, lo cual confirma al rey en lo realmente sucedido.


                Gopa, la esposa de Siddharta (llamada más comúnmente Yassodhara en otros textos), reacciona de la siguiente forma según nos cuenta el Lalitavistara:


                Al ver Gopa a Channa y al caballo Kanthaka (el caballo de Siddharta), se desmayó cayendo al suelo. La multitud de mujeres acudió presurosa y, recogiendo agua, rociaron con ella a la hija de los sakya diciendo: “Ciertamente morirá, abrumada por la pena de esta cruel separación de dos seres que se aman”.


                Pero después de llorar y lamentarse amargamente, Yasodhara se resigna y decide:


                No probaré  ya más bebida agradable, ni comeré manjares exquisitos. Por corona, llevaré los cabellos trenzados de los ascetas. Practicaré las costumbres de los penitentes, mientras no vea al bodhisatva rebosante de cualidades”.


                Mientras tanto, Siddharta vaga como un auténtico mendigo por los caminos. Y a pesar de sus ropas, no puede ocultar su porte y sus maneras. Así, llega hasta la ciudad de Radjagriha, en la que reina un rey llamado Bymbisara.


                Habiendo entrado en la ciudad de Radjagrigha, el príncipe fue de casa en casa esperando silenciosamente que alguien le ofreciese de comer. Allí donde iba el Bienaventurado (nombre que en lo sucesivo se le dará con frecuencia a Siddharta), las gentes le daban lo que tenían, modestamente se postraban ante él y se sentían llenas de gratitud porque desdeñaba acercarse a las viviendas. Ancianos y jóvenes decían: “He ahí un gran muní (significa “pensador” o “sabio”). Su llegada es una bendición”.


                Enterado el rey Bymbisara de la llegada de Siddharta a la ciudad, fue en su busca suponiendo, por lo que oyó, que debía ser un sakya de noble cuna. Así, cuando le encuentra, le habla del siguiente modo:


                >> Oh, sramana, tus manos están hechas para llevar las riendas de un imperio y no la escudilla de un mendigo. Si no advirtiera que eres de estirpe real, te rogaría te asociases a mi para gobernar mi reino y compartir el poder. El ansia de mando conviene a los espíritus más magnánimos y no ha de menospreciarse la opulencia. Ganar tesoros y perder la religión no es una gran ganancia. Pero quien posee a la vez estos tres bienes, poder, opulencia y religión, y se sirve de ellos con sabiduría y discreción, a eso le llamo yo un gran maestro.


                Pero Siddharta le responde, entre otras cosas:


                >> Oh, rey. Eres conocido como liberal y religioso y prudente es tu palabra. El hombre bueno que hace buen uso de sus riquezas, se dice que en verdad posee un gran tesoro, pero el miserable que atesora sus riquezas no obtendrá ningún provecho. La mayor de las riquezas es la caridad, pues aunque se prodigue, no crea ningún remordimiento.


                Tras abandonar la ciudad de Radjagriha, Siddharta se dedica a visitar a los ascetas y religiosos más afamados de su entorno,  en su gram mayoría jinas, principalmente Alara Kalama y Udaka. En cuanto al primero, cuya doctrina versaba en torno a la personalidad, el “yo” y el alma, no satisfizo en absoluto a Siddharta por la forma de enfocar los temas, y por ello fue entonces hasta Udaka, Este decía:


                >> ¿No ves en torno nuestro los efectos del karma?. ¿Por qué los hombres difieren en carácter, posición, riqueza y destino en la vida terrena?. Por su karma, que comprende el mérito y el demérito. La reencarnación del alma depende del karma. De las vidas anteriores heredamos los resultados de nuestras buenas y malas acciones. Si así no fuera, ¿cómo podrían haber tan profundas diferencias entre los hombres?.


                Siddharta meditó detenidamente sobre los problemas de la reencarnación y el karma y descubrió la verdad subyacente en ellos. Así dijo:


                >> La doctrina del karma es indiscutible porque todo efecto tiene su causa. El hombre cosecha aquello que siembra. Y lo que ahora cosechamos, debemos haberlo sembrado en existencias anteriores. Veo que el alma reencarna porque está sometida a la ley de causa y efecto y porque el hombre labra su propio destino. Pero no veo la reencarnación de la personalidad. Yo comprendo la reencarnación del alma y la justicia del karma. Pero no veo el “atman”, la personalidad que vuestra  doctrina pone como autora de las acciones humanas. Ha de haber un renacimiento sin atman, o sea, sin personalidad, pues si la personalidad fuese real, sería imperecedera y por tanto no podríamos escapar de ella. La paz sería imposible para el hombre.


                Aquí atrás encontramos ya algunos conceptos, concretamente karma, alma, atman y reencarnación, que analizaremos al final de este capítulo. La cuestión es que no satisfecho plenamente con las enseñanzas de Udaka, Siddharta fue entonces en busca de los sacerdotes que oficiaban en los templos:


                Siddharta fue después a ver a los sacerdotes que oficiaban en los templos y su ánimo compasivo se estremeció al presenciar la inútil crueldad desplegada ante los altares de los dioses. Así dijo:


                >> Unicamente por ignorancia disponen esos hombres ruidosas fiestas y convocan magnas asambleas para celebrar cruentos sacrificios. Vale más adorar la Verdad que el vano empeño de tener propicios a los dioses con efusiones de sangre. ¿Qué amor puede sentir el hombre a quien le parece que la destrucción de una vida ha de invalidar los efectos de las malas acciones?. ¿Es posible que un crimen expíe otro crimen?. ¿Puede borrar los pecados del mundo el verdugo de una víctima inocente?. Esto equivale a practicar la religión con vilipendio de la moral. Apaciguad vuestro ánimo y no matéis más. Ineficaces son los ritos. Las oraciones son fórmulas vanamente repetidas. Los hechizos carecen de virtud salutífera. En cambio, el verdadero culto, el genuino sacrificio, consiste en desprenderse de la concupiscencia, de la voluptuosidad y de las malas pasiones, en no alimentar odio ni malevolencia.


                Siddharta entonces, en busca de la Verdad, encontró a unos eremitas que habían llegado a la conclusión de que el único camino para alcanzar la perfección era la mortificación. He aquí algunos fragmentos del texto al que me refiero:


                En busca de mejores enseñanzas, Siddharta fue entonces de lugar en lugar, hasta que llegó a la ciudad de Uruvilva, donde encontró un yermo donde se habían establecido muchos eremitas que virtuosamente refrenaban sus sentidos, reprimían sus pasiones y se sujetaban a muy austera disciplina, y que vivían aparte como lúgubre y descarnado rebaño.


                Cinco de aquellos bhiksus dominaban virtuosamente sus sentidos mejor que los demás y Siddharta se unió a ellos. Con santo celo y decisión firme, se entregó a la mortificación y a la meditación abstracta. Y los cinco bhiksus eran austeros, pero Siddharta lo fue más, y ellos le honraron como su maestro. Durante seis años se mortificó pacientemente y suprimió las necesidades naturales. Castigó su cuerpo y se ejercitó en las más severas prácticas espirituales de la vida ascética. En los últimos tiempos no comía más que un cañamón al día, esperando cruzar el océano del nacimiento y de la muerte y llegar a la orilla de la liberación. Quedó consumido y agotado hasta parecer una rama enferma. Su cuerpo adelgazaba cada vez más. 


                Y a pesar de todo no se hallaba satisfecho, pues no encontraba la verdadera ciencia que buscaba. Examinó el estado de su espíritu sentado bajo un árbol y, viendo los frutos de sus mortificaciones, pensó: “Mi cuerpo está cada vez más débil y con mis ayunos no adelanto un paso en la búsqueda de la Verdad. Este no es el camino cierto. Será mejor que fortalezca mi espíritu con la comida y la bebida, llevando así a mi espíritu a una situación de poder encontrar la calma”. 


                Y se bañó en el río y a causa de su debilidad no podía levantarse ni salir. Pero vio las ramas de un árbol y se asió a ellas. Cuando desfallecido de hambre volvió a su puesto, cayó al suelo y los cinco bhiksus creyeron que había muerto.


                Entonces acertó a pasar por allí Sujätä, hija del jefe de la aldea Nandika y le ofreció arroz con leche y miel en un recipiente. Siddharta aceptó la ofrenda y sus miembros recobraron el vigor en cuanto hubo comido y su espíritu se volvió lúcido. A partir de ese momento, volvió a comer. Sus compañeros comenzaron a dudar ............. y creyeron que disminuía el fervor religioso de Siddharta y que el tan venerado maestro olvidaba su magno fin. Pero Siddharta, mirando tristemente a aquellos desgraciados, les dijo:


                >> Tiempo ha que moro en esta montaña buscando la Verdad y os veo torturándoos lastimosamente. ¿Por qué añadís males a la vida, que ya de por sí es mala?................. ¿Queréis ser tan sabios como santos y animosos?. Pues renunciad a esos juegos crueles en que arriesgáis vuestro gemidos y lamentos para ganar las apuestas. Tal vez sean sólo sueños pasajeros. ¿Queréis por amor de vuestra alma aborrecer vuestra carne y mutilarla de tal suerte que no pueda aprisionar al espíritu que, buscando refugio, se rinde en el camino antes de llegar la noche, como caballo dócil pero exhausto?. ¿Queréis, tristes ascetas, destruir esta bella morada en que habitamos después de un doloroso pasado y cuyas ventanas nos dan luz, aunque escasa, para mirar afuera y saber si va a surgir la aurora y cuál es el mejor camino?.


                Al ver Siddharta que los eremitas se apartaban de él, le apenó aquella falta de confianza y vio el abandono en que vivía. Reprimió su disgusto y se fue solo.


Comentarios


                Del encuentro de Siddharta con el rey Bymbisara podemos sacar como enseñanzas, la virtud de la caridad como un medio justo de hacer un buen uso de lo que poseemos. También,  la necesidad de evitar  la ambición de poder, la avaricia y la lujuria, el egoísmo y el apego a cuanto nos rodea, ya que como hemos visto en un capítulo anterior, todo es efímero, mutable y, por lo tanto no tiene realidad más que en un momento determinado. Y termina dando la importancia que siempre debe presidir los actos de nuestra vida la palabra “justicia”. 


                Seguidamente hemos encontrado aquí algunos conceptos que conviene ya aclarar.  Quisiera primeramente comenzar con el concepto de Dios en el budismo. Se ha dicho con frecuencia  que el budismo es una religión sin Dios y en la que, además, se niega la existencia del alma. Como probaré más adelante, nada más falso.  El error en torno a la existencia de Dios en el budismo  procede del simple hecho de que en esta religión el concepto de Dios cambia por completo con respecto al concepto que de El se tiene en el cristianismo. Puede verse todo lo referente a este tema en el capítulo titulado “El sermón del Kohana”. De todas formas, quiero decir ya aquí que a Dios en el budismo, se le llama el “Absoluto”, término muy extendido, siendo no sólo difícil, sino realmente imposible de definir.  Es, por supuesto, impersonal, en contraposición con el Dios cristiano. Representa la Ley universal por la que todo se rige y a la que nadie ni nada puede escapar. 


                Y el error  en torno a la existencia del alma, parte de un concepto equivocado y falso de la palabra “atman” y la confusión existente entre “atman” y “alma”. “Alma” es, como en el cristianismo, la parte espiritual del individuo, que no necesita al cuerpo aunque da vida al mismo, y que subsiste, porque puede subsistir, fuera de él. En el budismo, el alma procede del absoluto, del mismo Dios, del Alma Universal, y cuando el individuo fallece, esa parte inmaterial vuelve al seno del Absoluto, siempre y cuando su karma haya sido netamente positivo. Veremos más abajo el concepto de karma.


            “Atman”, en cambio, no es otra cosa que la personalidad del sujeto,  el “yo” de cada uno, con sus particulares características en cada caso, pero que se liga necesariamente al cuerpo y depende de él. La personalidad depende en cada individuo de la influencia del medio externo y se modifica a lo largo de la vida. Por lo tanto, es cambiable, mutable y, por tal motivo, real sólo en un momento determinado, pero no en todos los momentos de la vida. Y si la personalidad es lo que se llama “atman”, se llega forzosamente a la conclusión de que el atman,  el “yo”, por irreal, no existe y, en consecuencia, cesa con la muerte del cuerpo, al contrario de lo que sucede con el alma, que sigue persistiendo después de la muerte. 


                Por su parte, “karma” es el conjunto de buenas y malas acciones del ser humano a lo largo de su vida. Para poder llegar a unirse a Dios, llamémosle ya aquí Absoluto, la balanza de sus acciones debe desviarse lo suficientemente del lado de las buenas acciones. En el budismo no existe un perdón final, aunque el hombre se arrepienta de lo que hizo en su vida. Por lo tanto, desde que tiene uso de razón, deberá procurar siempre que su vida sea digna, que sus acciones no sean jamás reprochables, sino justas. Si en cambio la balanza se inclina claramente del lado de las malas acciones, el alma no poder volver al Absoluto y, en tal caso, deberá reencarnarse.


                Y con ello llegamos al último de los conceptos vertidos en este capítulo, el de la reencarnación. Debo convenir que para las mentes occidentales, la reencarnación es algo difícil de creer, de admitir. Pero vamos a hacer  ya, inicialmente, algunas consideraciones, comenzando por el cristianismo mismo.  Desde siempre se nos ha enseñado que después de la muerte del cuerpo, el alma puede tener cuatro destinos: el cielo,  el infierno, el purgatorio y el limbo.  Pero últimamente la misma Iglesia ha indicado que no existe el infierno, al menos como siempre lo hemos entendido. Ni tampoco purgatorio ni limbo. O sea, sólo el cielo. Pero entonces, cabe preguntarse: ¿Es que todas las almas van al cielo, hayan hecho lo que hayan hecho a lo largo de sus vidas terrenas?, ¿ya no hay distinción entre “buenos” y “malos”?,  ¿es que podemos hacer en la vida cuanto nos interese, incluso matar si es necesario, robar, perjurar y todo cuanto pueda imaginarse, porque de todos modos iremos al cielo?.  Por supuesto que a todas esas preguntas sólo puede responderse con un “no” rotundo. Pero en tal caso, si el alma no es perecedera y no puede ir al cielo, ¿adónde va?. El budismo sí responde a esta última pregunta: se reencarna en un nuevo cuerpo. ¿No?. Veamos: Tanto el Dios cristiano como el Absoluto son todopoderosos, ¿no estamos de acuerdo en eso?.  Bien, cuando un ser humano es engendrado, Dios le confiere un alma. ¿Alguien puede oponerse a la posibilidad de que Dios pueda conferirle un alma preexistente?.  ¿No?. Pensemos, ¿por qué no?.  Si creemos en Dios, si admitimos que Dios lo puede todo y si por añadidura sabemos ya que el alma de una persona inicua, en la que sus malas acciones sobrepasan a la buenas y no puede ir con Dios, ¿qué otra solución queda?.  Así pues., al menos deberá admitirse para la mente occidental, que la reencarnación es, al menos, una posibilidad, en lugar de rechazarla taxativamente.


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