Los cuatro encuentros
Si vamos a decir algo sobre la vida de Siddharta Gautama en sus primeros años, referiremos sólo que su nacimiento estuvo al parecer rodeado de hechos prodigiosos y presagios sorprendentes, relatados en un libro no falto de fantasías, el Lalitavistara. La infancia del futuro Buda se halla escasamente recogida en los textos sagrados y parte de nuestros conocimientos son posibles sólo a través de los bajorrelieves de Borobudur y los que pueden contemplarse en diversos museos (Lahore, Kabul, Boda-Gaya, museo Guimet de París y museo británico de Londres, principalmente). A la muerte de Maya, madre de Siddharta, acaecida al parecer siete días después del nacimiento del niño, se hace cargo del mismo su tía materna, Pradjapati, que más tarde contraerá matrimonio con Suddhodana, padre de Siddharta. A partir de este momento, hay una gran laguna de seis años durante los cuales la infancia del joven Siddharta sólo puede suponerse, si acaso, por las costumbres de la época. A partir de los seis años de edad, no obstante, encontramos ya algunos datos, aunque escasos, referentes por ejemplo a su educación. Como correspondía a su elevado rango, el niño recibió enseñanzas de música, deportes, equitación y manejo de las armas, entre otras cosas.
Es a partir de los 16 años cuando encontramos en los textos datos más concretos, al llegar el momento de tener que contraer matrimonio según la costumbre de la época. De acuerdo con ello, Siddharta escoge a una joven llamada Gopa, hija de un rey vecino conocido como Suprabuda. Aquí los textos son lo suficientemente explícitos, narrándonos cómo Suddhodana convocó a palacio a las doncellas de alto rango, pasando una tras otra ante Siddharta, el cual les iba ofreciendo un regalo a cada una de ellas. La última en desfilar, Gopa, fue al parecer la única en mirar al joven príncipe cara a cara. Dio la coincidencia de que los regalos se habían terminado y no quedaba nada para ella. Gopa, con serena y dulce majestad, pregunta entonces: “¿En qué te he ofendido para que así me desdeñes?”. Entonces Siddharta le ofrece según unos uno de sus anillos, según otros un collar. Pero el presente es rechazado por Gopa con estas palabras: “No quiero despojar al príncipe de sus galas, antes bien, preferiría ser yo una joya para él”.
Por falta de espacio aquí evito relatar algunas cosas más de la infancia de Siddharta. Pero sí debo señalar algo de verdadero interés. A pesar de su boda, Suddhodana no olvida los presagios de los sabios y magos cuando nació el niño y quiere impedir a toda costa que su hijo se dedique a la vida religiosa. Y para ello, nada mejor que dos métodos: Uno, rodearle del máximo lujo y de las mayores comodidades posibles. Otro, evitar que conozca la realidad del mundo exterior. A los 29 años de edad, Siddharta vive aún preso en el recinto de su palacio de Vishramván, regalo de su padre al desposarse. Ha tenido un hijo, Rahula. Y no conoce todavía el mundo exterior. Pero aquel mismo año Siddharta entra por primavera vez en contacto con las miserias de la vida, con la cruda realidad de un mundo que luchaba y sufría fuera de los muros de palacio. Fueron cuatro paseos, en los que tuvo cuatro encuentros que modificaron para siempre el rumbo de su vida.
Todos los textos consultados coinciden plenamente en los hechos que se refieren a continuación. Dada su extensión, he suprimido intencionadamente algunos párrafos innecesarios. Debo señalar ya que los textos originales están escritos en lengua pali, traducidos al inglés y de aquí al español.
El texto sagrado
El Bodhisatva (viene a significar “nacido para ser Buda”) tuvo en su juventud la intención de dejar la vida de familia. El rey, su padre, temiendo que estudiase la vía de la liberación, le rodeó constantemente de los placeres de los cinco sentidos. El palacio dado al príncipe por el rey relucía con todo lujo porque el rey quería que su hijo fuera dichoso. Todo lo que es doloroso de contemplar, todas las miserias y todo lo que recordara el sufrimiento, había sido alejado de Siddharta e ignoraba que el mal reina en el mundo. Pero así como el elefante cautivo suspira por las junglas salvajes, así el príncipe se impacientaba por ver el mundo y pidió permiso al rey su padre para satisfacer su ardoroso deseo.
El rey Suddhodana mandó enganchar cuatro magníficos corceles a un carro adornado por delante con pedrería e hizo decorar los caminos por los que pasaría Siddharta. Las casas de la ciudad se engalanaron con colgantes y banderas. Y los espectadores, a ambos lados, contemplaron ávidamente al heredero del trono. De esta forma se paseó Skiddharta con su cochero Channa por las calles de la población. Luego atravesó una campiña surcada por arroyos y poblada de agradables árboles. Y a un lado del camino encontraron a un viejo. Cuando el príncipe vio aquel cuerpo inclinado, aquel rostro arrugado y con un surco de dolor entre las cejas, preguntó a su cochero:
>> Buen cochero, ¿quién es ese hombre?. Su cabeza es blanca, sus ojos tiemblan, tiene el cuerpo maltrecho y apenas puede sostenerse con el auxilio de su bastón. ¿Qué hizo para que sus cabellos y su cuerpo sean diferentes de los de otros hombres?.
El cochero, azorado, se atrevió finalmente a decir la verdad. Le respondió:
>> Ese hombre es lo que llamamos un anciano, señor.
>> ¿A qué se llama anciano? – inquirió de nuevo Siddharta.
>> Esas son las huellas de la vejez – siguió el cochero -. Ese hombre ha sido antes un niño de pecho; después, un adolescente lleno de ardor por el placer. Pero han pasado muchos años. Sus facultades declinan, su aspecto ha cambiado, su tez se ha alterado. Cuando está sentado le resulta penoso levantarse. Le queda muy poca vitalidad. No seguirá viviendo mucho tiempo.
>> Entonces, mi buen cochero, ¿también estoy expuesto a la vejez?, ¿no estoy yo fuera de su alcance?.
>> Aún no. Vos, señor, lo mismo que yo, estamos amenazados por la vejez, no nos hallamos fuera de su alcance.
>> está bien, mi buen cochero, ya tengo bastante por hoy. Llévame a mis aposentos.
Siddharta, profundamente afligido por las palabras del cochero, suspiró con motivo del sufrimiento de la vejez: “¡Qué goce y qué placer pueden experimentar los hombres, cuando saben que pronto la vejez les hará padecer y andar lánguidamente!”. Y como aún no estaba libre de la vejez, se puso muy triste y ya no disfrutaba de ningún placer.
* * *
Mucho tiempo después, el joven señor mandó a su cochero que preparara su carruaje y salió de nuevo. Y cuando se dirigía al parque, vio por casualidad al pasar por un camino a un hombre tendido en el suelo, solo, doliente y débil, desfigurado el cuerpo, respirando con dificultad, convulso y gimiendo de dolor, alimentado y vestido por almas caritativas. Y el príncipe preguntó a su cochero:
>> Ese hombre, mi buen cochero, ¿qué ha hecho para que sus miradas no sean como las de otros hombres y que su voz sea distinta a la de los demás?.
>> Ese hombre, señor, es lo que se llama un enfermo.
>> ¿A qué se llama enfermo?.
>> Un enfermo, señor, es un hombre en el que sus cuatro grandes elementos han aumentado o han disminuido y no puede comer ni beber. Su respiración es débil y tenue. Su vitalidad ha decrecido a causa de las impurezas que hay en él. Difícilmente podrá recobrar la salud.
>> Y yo, mi buen cochero, ¿estoy expuesto también a caer enfermo?. ¿No estoy fuera del alcance de la enfermedad?.
>> Aún no. Vos, señor, como yo, estamos expuestos a caer enfermos. No estamos fuera del alcance de la enfermedad.
>> Pues bien, mi buen cochero, tampoco hoy tengo más deseos de parque. Condúceme a mis habitaciones.
Y Siddharta se conmovió aún más. Todos los placeres se le aparecieron gastados y sintió disgusto por los goces de la vida.
* * *
Mucho tiempo después, Siddharta ordenó de nuevo a su cochero que preparara su carruaje para ir de paseo. Y yendo hacia el parque, vio por casualidad un muerto al que llevaban unos hombres y al que seguían sus parientes, afligidos y llorosos. Y un poco más allá vio una gran aglomeración de gente, personas vestidas con trajes de colores diversos que se hallaban ocupadas en alzar una pira funeraria. Al verlo, Siddharta preguntó a su cochero:
>> ¿Qué llevan esos hombres? Veo unas banderolas y unas guirnaldas de flores, pero los hombres parecen abrumados por la pena.
>> Es porque alguien ha muerto, señor.
>> ¿A qué se llama muerto?.
>> Su respiración ha cesado, señor. Su espíritu se ha ido. Ya no tiene conocimiento de nada. Su cuerpo está rígido. Ni su padre, ni su madre, ni sus otros parientes, verán ya jamás a quien terminó sus días. El tampoco los verá más. Su familia y sus amigos que le amaban llevan su cuerpo ahora a la pira funeraria.
Y el príncipe se llenó de horror y de espanto.
>> Y yo, ¿estoy también expuesto a la muerte?. El rey, la reina y mis otros parientes, ¿no me verán más ni yo tampoco a ellos?.
>> Vos, señor, lo mismo que yo, estamos expuestos a la muerte y no estamos fuera de su alcance. Ni el rey ni nadie os verá más, ni vos tampoco veréis más a nadie.
>> Está bien, mi buen cochero, no siento ya el menor deseo de parque. Condúceme a mis aposentos.
Y pensando que aún no se había liberado de la enfermedad, de la vejez y de la muerte, se puso aún más triste.
* * *
Y al regresar a palacio vio por casualidad a un hombre con el cabello y la barba afeitados, con la vestidura amarilla de la ley monástica, que llevaba un tazón en la mano y avanzaba mirando al suelo. Al verlo, preguntó a su cochero:
>> Ese hombre, mi buen cochero, ¿qué ha hecho?. Su cabeza no es semejante a la de los otros hombres y sus ropas son distintas a las de los demás.
>> Ese hombre es un religioso errante, señor.
>> ¿A qué se llama religioso errante? – preguntó Siddharta.
>> Es un hombre que se ha dominado a sí mismo, que tiene ademanes dignos y se comporta siempre con paciencia y compasión hacia los seres, que ha abandonado su casa para dedicarse a las buenas acciones. Por eso se llama religioso errante.
>> En verdad, cochero amigo, ese a quien llaman un religioso errante es un hombre superior, puesto que su conducta es en todo tan perfecta.
Y repitió por tres veces:
>> Muy bien, muy bien, muy bien. Llévame hacia ese hombre que ha abandonado su casa.
Bajó de su carruaje, saludó respetuosamente al asceta y le preguntó:
>> ¿Por qué tu aspecto y tus ropas son distintos de los de la gente que vive en el mundo?.
Y recibió la misma respuesta que le había dado ya el cochero.
Y por segunda vez exclamó:
>> Muy bien, muy bien, muy bien.
Y después de reflexionar sobre esto, se puso muy contento, volvió a subir al carruaje y se dirigió a palacio. Siddharta miró desdeñosamente sus tesoros. Y su mujer le dijo:
>> En todas partes encuentro las huellas del cambio. Los hombres envejecen, enferman y mueren. ¿No es esto suficiente para destruir la dicha de vivir?. ¡Oh. hombres mundanos, cuán fatal es vuestro error!. Inevitablemente vuestro cuerpo caerá en el polvo y, sin embargo, continuáis viviendo sin cuidado y sin precaución.
Comentarios
Al leer el texto precedente, puede resultar sorprendente que Siddharta encuentre extraño lo que halla fuera de palacio: el curso de la vida, el envejecimiento, la enfermedad, la muerte. No obstante, debe comprenderse que al joven príncipe se le ocultó constantemente todo aquello, que se le había rodeado de todas las comodidades y placeres posibles y que no fue sino hasta la edad de 29 años cuando al fin se enfrentó con la realidad.
Pero lo que este texto nos enseña en realidad es algo que luego será uno de los pilares fundamentales de la doctrina budista: la transitoriedad de todas las formas materiales. Siddharta dice: “En todas partes encuentro las huellas del cambio”. Y efectivamente es así: todo es transitorio e impermanente, desde nuestros propios cuerpos hasta todo cuanto nos rodea. Ese río que vemos, por ejemplo, ¿es siempre el mismo río?. Si sus aguas se mueven y cambian constantemente, si sus orillas cambian con el tiempo constantemente, ¿es siempre el mismo río? . Y si nosotros mismos nos miramos en un espejo y nos comparamos en el transcurso de los años, ¿podremos decir que lo que vemos es lo mismo que veíamos antes?. ¿A qué apegarnos, pues, a todo cuanto nos rodea?. El hombre cree perseguir realidades en el transcurso de su vida, pero persigue ciertamente ilusiones; lucha, en verdad, por todo cuanto es mutable, en continuo cambio y, por lo tanto real en un instante determinado, pero irreal en el tiempo. Resulta, pues, una lucha vana y equivocada.
¿Quiere todo eso decir que debe el hombre desprenderse de todo, dejar de luchar en la vida?. Decir con el cardenal Pignedoli que los budistas consideran a la vida como “un valor sin valor” es algo relativo. Esa frase encierra, ciertamente, todo cuanto hemos podido aprender aquí. Pero el ser humano debe luchar, ciertamente, por su vida, la de los suyos e incluso por toda la humanidad. Pero al comprender la transitoriedad de cuanto nos rodea, deberá ser más prudente, más equilibrado y más objetivo en la valoración de todo. Su lucha será más tranquila y serena, comprendiendo que lo que gane tendrá un valor relativo, y que lo que pueda perder no tiene en realidad valor alguno. Aprenderá un poco a ser espectador ante la vida, sopesándolo todo en su justa y verdadera medida. Y nada podrá alterar, si él no lo desea, la paz de su espíritu.
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