Lentamente, de forma inexorable, nos vamos acercando al final. Pues de la misma forma que al pasar las hojas de un libro, antes o después deberemos pasar la última página, así las páginas del libro de la vida del Bienaventurado se fueron agotando hasta llegar al término de sus días terrenos. Dice uno de los textos sagrados:
El Bienaventurado se había dirigido a la ciudad de Pava. Y cuando Chunda, el herrero, se enteró de que el Tathagata había llegado y estaba en el bosque de mangos, fue hacia él y, respetuosamente, le invitó junto con sus hermanos a que fueran a comer a su casa. Chunda cocinó pasteles de arroz y carne de cerdo. Y cuando el Bienaventurado comió los alimentos cocinados por Chunda, se sintió gravemente enfermo y experimentó horribles dolores que le llevaron a las puertas de la muerte. Pero el Buda reflexionó y, dominándose a sí mismo, lo soportó todo sin lamentarse.
Y conocedor el Bienaventurado de la proximidad de su muerte, dijo:
>> Podrá ocurrir ahora, oh Ananda, que alguien levante remordimientos en el espíritu de Cunda, el herrero, diciéndole: “Es una desgracia para ti y una pérdida, que tras la comida que le has dado, el Tathagata haya muerto”. Es necesario, oh Ananda, combatir tales remordimientos. Vé a su casa y dile: “El Tathagata ha dicho que existen dos ofrendas de alimentos que son más beneficiosos que los otros: las ofrendas de alimentos que un Tathagata recibe cuando llega a la luz perfecta; y cuando hace su última desaparición. Ambas ofrendas son tan provechosas, que tienen más fruto y provecho que ninguna otra. Por ello, Cunda, ha sido bueno y ventajoso para ti que el Bienaventurado haya muerto tras haber comido lo que tú le habías preparado en tu casa”.
El Buda se dirigió entonces hacia la ciudad de Kusinagara, siempre acompañado del venerable y fiel Ananda. Y fue allí donde transcurrieron los últimos instantes de su vida.
El Bienaventurado se encaminó hacia un bosque en Kusinagara, situado a orillas del río Hiranyavati. Y llegado allí, habló así al venerable Ananda:
>> Te ruego, oh Ananda, me acondiciones un lecho con la cabecera dirigida hacia el norte entre dos árboles gemelos. Estoy cansado y quisiera acostarme.
>> Hágase, señor, según deseas – contestó Ananda. Y preparó el lecho y el Bienaventurado se echó, permaneciendo concentrado y dueño de sí.
En ese instante, los dos árboles se llenaron de flores y frutos aunque era otoño. Y cánticos celestiales descendieron y sde escucharon entonados en honor del sucesor de los budas anteriores. Ananda se maravilló de los honores tributados al Bienaventurado, pero éste le dijo:
>> No prodigando honores al Bienaventurado es como se le venera y respeta. El hombre o la mujer virtuosos, el hermano o la hermana que constantemente son fieles a sus deberes, sean estos grandes o pequeños, y cumplen los mandamientos, son los que verdaderamente honran y veneran al Tathagata en la forma adecuada, tributándole los honores más valiosos. Por lo tanto, Ananda, sed constantes en el cumplimiento de vuestros deberes, sean estos grandes o pequeños y caminad según mis mandamientos.
Ananda, yendo al Bienaventurado, le dijo:
>> Todo era oscuridad a causa de la falta de sabiduría. Todos en este mundo caminábamos a ciegas por falta de luz. Entonces el Tathagata alumbró con la lámpara de la sabiduría, la cual otra vez se extinguirá sin que muchos hombres la hayan visto.
Pero el Bienaventurado contestó:
>> No sigas, Ananda, no te deprimas así, no continúes llorando. ¿No te he dicho ya que, debido a la naturaleza de las cosas, no importa que sean las más amadas o cercanas, tenemos que separarnos y alejarnos de ellas?. El demente cree en el “yo”. El sabio no da cabida a esa creencia, concibe el mundo de una forma correcta y, como conclusión, ve que todos los seres compuestos que han sido reunidos por el dolor, tienen que desaparecer. Pero la Verdad permanecerá. ¿Por qué he de mantener este cuerpo mientras el cuerpo de la Ley tiene que existir eternamente?.
Entonces Ananda, reprimiendo su llanto, peguntó al Bienaventurado:
>> Señor, ¿quién será nuestro Maestro cuando tú te hayas ido?.
Y el Tathagata contestó:
>> No soy el primer buda que ha venido a la Tierra, ni seré el último. Vine a mostraros la Verdad y he puesto los pilares del reino de la Verdad sobre la Tierra. Siddharta Gautama morirá, mas el Buda vivirá, pues el Buda es la Verdad y la Verdad nunca muere. Quien vive en la Verdad y cree en ella es mi discípulo y yo le enseñaré. La Verdad se esparcirá y su reino brillará eternamente. Un día, las nubes de la ignorancia aparecerán y oscurecerán la luz. Pero llegado el tiempo, otro buda vendrá y os mostrará la misma Verdad eterna que yo os he mostrado.
Ananda dijo:
>> Señor, ¿cómo le reconoceremos?.
Y el Bienaventurado añadió:
>> El buda que vendrá tras de mi tendrá como nombre Maitreya, que significa “Aquel cuyo nombre es Bondad”.
Y dirigiéndose a sus monjes, el Bienaventurado les dijo:
>> Ahora, oh monjes, os digo lo siguiente: Sometidas están las composiciones a la ley de la desaparición. ¡Esforzaos en alcanzar con diligencia vuestra meta!.
Tales fueron las últimas palabras del Bienaventurado. Entonces, el Bendito alcanzó la primera meditación. Y luego la segunda, la tercera y la cuarta meditación. Habiendo salido de la cuarta meditación, alcanzó el ámbito de la infinidad del espacio, luego el ámbito de la infinidad de la conciencia, el ámbito de la nada, el ámbito sin percepción ni ausencia de percepción y, finalmente, el cese de las percepciones y de las sensaciones.
Comentarios
La historia nos demuestra que los líderes de las grandes religiones fueron sin lugar a dudas hombres superiores, condición que por lo general se comprueba en las circunstancias que rodearon sus propios nacimientos, así como a lo largo de sus vidas y en el instante mismo de sus fallecimientos respectivos. No obstante, ello no es enteramente aplicable a la figura de Siddharta Gautama, el Buda, que fue un ser humano y solamente eso, sin mezcla de divinidad alguna y, por lo tanto, sujeto a cuantos sufrimientos pueden recaer sobre cualquier otro mortal. Bien es verdad que toda su vida es un claro ejemplo de virtud, constancia, abnegación, fuerza de voluntad y cuantas otra cualidades puedan ser imaginadas. Y en tal sentido, fue en efecto un hombre superior. Pero su condición humana quedó una vez más demostrada en los últimos días de su vida.
¿Qué fue lo que acabó con la vida del Bienaventurado?: Una simple gastroenteritis, que a la edad de 80 años, y sin poner remedio alguno, fue suficiente como para llevarle a la muerte. ¡Qué cosa más simple!, ¿verdad?.
Y ahora hay algo sobre lo que quisiera llamar la atención: El Buda, antes de morir, habló de la venida de un nuevo buda cuyo nombre sería Maitreya (“Aquel cuyo nombre es Bondad”). Para el budista del sur, el Buda fue un hombre como los demás y Maitreya debe venir aún. Para el del norte, Siddharta fue la encarnación del Buda Supremo y los nuevos budas han venido de continuo desde el fallecimiento del Bienaventurado. ¿Y para el cristiano?., ¿pueden significar algo para el cristiano las citadas palabras del Bienaventurado?. Simplemente como mera hipótesis, y habida cuenta de que el Buda precedió en unos pocos siglos a Jesús de Nazaret, yo pregunto: ¿No podría ser Jesús el Buda vaticinado, el Iluminado al que Siddharta se refería?. ¿Hay algo que se oponga a esta posibilidad?. Puede que la pregunta no tenga respuesta. ¿O acaso sí?.
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