LA MEDICINA INTERNA



                         Budismo para cristianos

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La huida

                El texto que se ofrece a continuación se compone de dos partes diferentes que he unido premeditadamente. La primera parte no es sino, en realidad, el cuarto encuentro de Siddharta, expuesto de una forma muy distinta como se verá. Pero si la incluyo aquí es simplemente porque se dicen cosas del máximo interés. La segunda parte es la huida de palacio para dedicarse a la búsqueda de la Verdad a través de la vida religiosa.


                Aparecen aquí algunas palabras que conviene aclarar. Pero primeramente digamos que la palabra “buda” significa “iluminado”, por lo que Siddharta no fue el primer buda ni el último. “Sramana” es igual a “religioso errante”.  El “Nirvana” es de difícil definición, viene a consistir en el “cielo” budista, que a la vez es extinción de la propia personalidad, pero al mismo tiempo es la unión con Dios (digamos ya que el concepto de Dios en el budismo es completamente diferente al concepto cristiano y lo veremos en lugar oportuno).  “Tathagata” significa “maestro”.  “Bhagavat” equivale a “bendito”. Surgen también en el texto siguiente el concepto de “Rueda de la Ley”, que puede equivaler a “Rueda de la Vida”,  haciendo referencia a la rueda o ciclo incesante del devenir del hombre, de encarnación en encarnación. Pero respecto a la reencarnación, no es el momento ahora de hablar del tema, pues lo veremos más adelante adecuadamente.


                Seguidamente, ambos textos fundidos. En ciertos momentos he suprimido intencionadamente algunos párrafos innecesarios para hacer más fácil la lectura:


                El primer texto:


                Siddharta se sentó bajo un gran árbol y se abandonó a sus pensamientos, sopesando la vida y la muerte y los males de la decrepitud. Concentrando su espíritu, se liberó de toda confusión. Desaparecieron de su corazón todos  los bajos deseos y una perfecta calma le inundó por completo. En este estado de éxtasis vio todo lo que de miseria y dolor hay en el mundo. Vio los sinsabores del placer y la inevitable certeza de la muerte que pesa sobre todos los seres. Sin embargo, los hombres no se han despertado aún a la Verdad. Y su corazón se llenó de una profunda compasión.


                Entonces vio bajo el árbol una gran figura revestida de majestad, de calma y de dignidad. Preguntó:


                >> ¿De dónde vienes?, ¿quién eres?.


                >> Yo soy un sramana. Atormentado por el pensamiento de la vejez, de la enfermedad y la muerte, abandoné mi hogar para buscar el camino de la salvación. Todas las cosas se precipitan hacia la ruina. Lo único eterno es la Verdad. Todo cambia, nada dura. Unicamente las palabras de los budas son inmutables. Yo aspiro a la dicha que no se altera, al tesoro que no perece, a la vida que no tiene principio ni fin. Por eso he destruido todo pensamiento mundano y me he retirado a un desierto para vivir en soledad y, mendigando el sustento, me he consagrado a la única cosa que es necesaria.


                Siddharta le preguntó:


                >> ¿Cómo puede conseguirse la paz en este mundo agitado?. Estoy dolorido por la vanidad del placer y tengo horror a la voluptuosidad. Todo me abruma y se me hace intolerable hasta la misma vida.


                El sramana respondió:


                >> Allí donde hay calor puede también haber frío. Los seres expuestos al dolor tienen la facultad de gozar. El origen del mal enseña que el bien puede desarrollarse. Porque estas cosas son correlativas. Así, donde haya mucha desgracia, habrá mucha felicidad solamente con que se abran los ojos para verla. Y así como el que cae en un montón de estiércol debe buscar el estanque cubierto de lotos más próximo, así debe buscar el gran lago inmortal del Nirvana para limpiar el pecado. Si uno no busca el lago, no es porque falte. Así, cuando hay un camino santo que conduce al Nirvana al hombre sometido al pecado, no está la falta en el lago por donde no se pasa, sino en el individuo. Y si un enfermo, habiendo un médico que pueda sanarle, no se sirve de él, no es la falta del médico. De la misma forma, si un hombre enfermo por hacer el mal no busca la guía espiritual de la luz, no es porque falte el guía que destruye el pecado.


                El príncipe escuchó las nobles palabras de su visitador y dijo:


                >> Tú eres mensajero de buenas nuevas. Pero yo no sé si se realizará mi propósito. Mi padre me aconseja gozar de la vida y que me entregue a los placeres de este mundo que pueden ilustrarme a mi y a mi casa. Me han dicho que soy demasiado joven y que el pulso me palpita muy deprisa para dedicarme a la vida religiosa.


                La venerable aparición movió la cabeza y replicó:


                >> Has de saber que jamás hubo un tiempo inoportuno para buscar la verdadera religión.


                Siddharta entonces sintió palpitar su corazón de gozo y dijo:


                >> Este es el momento, este es el instante de romper todos los lazos que me impiden alcanzar la perfecta iluminación. Es la hora de ir al desierto y encontrar el camino de la liberación.


                El segundo texto:


                Llegada la noche, distraído Siddharta con la música de las tañedoras de instrumentos, se durmió pronto. El bodhisatva (esta palabra significa “nacido para ser buda” o simplemente “futuro buda”) se despertó luego bruscamente y miró a las tañedoras que seguían en sus sitios. Estaban recostadas unas sobre otras con los ojos llorosos, las bocas babeando, los cuerpos descubiertos como estatuas de madera, las guitarras y las flautas por el suelo en desorden. Vio además el palacio como un túmulo funerario. Habiendo visto esto, el bodhisatva exclamó por tres veces: “¡Maldición, huyamos!”. Y en lo más profundo de su ser nacieron el hastío y el deseo de dejar todo aquello. Entró en el cuarto de su esposa para echar una mirada de despedida a los que tan tiernamente amaba más que a todos los tesoros de la tierra. Quiso tener a su hijo entre sus brazos por última vez y darle un beso de despedida, pero el niño dormía en brazos de su madre y no podía cogerle sin despertar a ambos. Siddharta entonces permaneció unos instantes contemplando a su esposa y a su hijo adorado y sintió traspasársele el corazón. El dolor de su partida le abrumaba con pesadumbre. Y aunque en su interior estaba firmamente resuelto y nada habría podido quebrantar su propósito, se le escaparon las lágrimas, pues no estaba en su poder contenerlas ni suprimir su causa.


                El bodhisatva dijo entonces  Channa, su esclavo sumiso:


                >> Levántate, enjaeza el caballo de tal manera que la gente no pueda  oírlo.


                Dijo Channa:


                >> La noche no es momento propicio para un paseo. Además, no hay enemigos asaltando el palacio. No comprendo por qué me ordenáis esta noche que enjaece vuestro caballo.


                >> Sí hay grandes enemigos, ¿no lo sabes, Channa?. Esos enemigos son la enfermedad, la vejez y la muerte, los mayores enemigos. Prepara pronto mi caballo para que no puedan detenernos.


                Cuando el caballo estuvo enjaezado y preparado en el patio interior de palacio, el bodhisatva fue entonces hacia él. Pero cuando se disponía a montarlo, el animal dio un fuerte gemido de tristeza. Entonces, el gemido del caballo se dispersó para que la gente no lo oyera. El bodhisatva montó sobre su cabalgadura y se dirigió hacia la puerta del palacio. Una vez fuera de la ciudad, se dirigió hacia el bosque de Anuya, no lejos de allí, se apeó del caballo y se despojó de sus joyas y de la mayor parte de sus ropas. Luego dijo a Channa:


                >> Puedes llevarte el caballo, coger mis ropas y mis joyas y tomar el camino de vuelta al palacio. Saluda de mi parte a mi padre y a mi madre, y diles que les dejo ahora para estudiar la vía de la salvación, pero que volveré pronto. Deseo que no estén tristes.


                Channa, llorando, se arrodilló y dijo:


                >> Los adivinos predijeron antaño que el príncipe se convertiría en un noble rey que haría girar la Rueda de la Ley, provisto de las siete joyas y de mil hijos, y que reinaría sobre los cuatro continentes. Gobernará el mundo según la ley, sin utilizar armas, porque será pacífico por naturaleza. ¿Por qué entonces abandonáis ahora este trono real y despojáis el cuerpo de sus ropas y alhajas para padecer los sufrimientos del ascetismo en las montañas incultas?.


                El bodhisatva preguntó:


                >> ¿Qué más predijeron los adivinos?.


                >> Si no encuentra placer en las  voluptuosidades mundanas, dejará la vida de familia para estudiar la vía de la liberación y llegará a ser un despierto perfecto y supremo.


                El bodhisatva dijo entonces:


                >> Tú que has oído esas palabras, ¿por qué te afliges ahora?. Vuelve rápidamente a informar a mis padres de mi resolución: Aunque se sequen y pudran mis huesos, mientras no agote la fuente del nacimiento, de la vejez, de la enfermedad y de la muerte, no regresaré.


                Entonces Channa se arrodilló ante él llorando y dio la vuelta a su alrededor tres veces manteniéndose a la derecha. Luego, tomando las ropas y las joyas, regresó al palacio llevándose el caballo.


                El bodhisatva echó a andar y vio a un vagabundo que llevaba una ropa de burdo algodón ocre. Se acercó a él, cambió sus ropas por los harapos del vagabundo y luego partió. Se dirigió entonces hacia un árbol sumana, al pie del cual se encontraba sentado un asceta con la cabeza afeitada. Resolvió entonces quitarse sus cabellos y se afeitó inmediatamente.


Comentarios:


                De la lectura del texto precedente,  puede parecer  que poca enseñanza podría obtenerse en realidad.  Pero no es así,  hay  una enseñanza fundamental que nadie puede ni debe ignorar: la “honradez” en nuestras decisiones. El ejemplo nos lo da Siddharta cuando decide que una vida  de sacrificio es lo que debe escoger, despreciando en cambio la vida cómoda  que ha llevado hasta ese momento.  Ha debido tomar una decisión  y, consciente de cuál es su deber, decide su suerte futura.


                Efectivamente, en la vida hemos de tomar habitualmente decisiones y hemos de saber hacerlo con serenidad, justicia y honradez, aunque aparentemente no nos convenga tomar una decisión determinada. Deberemos hacer lo que es justo, no lo que a cada uno le convenga. Y no es fácil muchas veces obrar así, pero es el único camino.  No me cansaré jamás de repetir que “hay que ser honrado en la vida”,  honrado ante uno mismo, ante los demás y ante Dios. Porque cuando indefectiblemente nos llegue un día  la fecha de nuestra muerte y nos encontremos solos ante ella y ante nuestra propia conciencia, será muy bonito poder decirse a uno mismo en ese mismo momento: “He hecho en el transcurso de mi vida lo que he creído que debía hacer, lo que en justicia debía hacer. He sido siempre honrado, o al menos lo he intentado sinceramente con todas mis fuerzas. Las decisiones que tomé fueron las justas, no las que mi podrían en todo caso convenirme”. Porque en ese instante nos daremos cuenta de que todo se nos va, que no nos llevaremos nada, lo mismo que la arena se escurre entre los dedos. Y nos encontraremos a solas ante Dios, llevando sólo con nosotros una sola cosa: nuestras propia conciencia y la satisfacción del deber cumplido.


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