En este capítulo, a efectos prácticos y para no hacer tal vez demasiado pesada la lectura de estas páginas, vamos a dar un gran salto en el tiempo y vamos a encontrarnos ya a un Buda anciano, que da el que parece que fue su último sermón. Pero antes de eso, esbozaré algunas cosas interesantes y aleccionadoras de su vida en ese gran intervalo de tiempo.
Así, después del sermón del Kohana, en Kapilavastu, el Buda tiene un encuentro breve con Yasodhara, su esposa, que debatiéndose entre el amor que aún siente hacia Siddharta y el rencor nacido del abandono de que fue objeto, al fin se echa a los pies de su esposo llorando, y seguidamente entra a formar parte de la Comunidad budista. En cuanto a Rahula, de siete años de edad en aquel momento, hijo del ambos, va en busca de su padre para pedirle la herencia que le corresponde, aleccionado hábilmente por Yasodhara con refinada ironía, si bien el Buda, lejos de ofrecer a su hijo tesoros perecederos, le ofrece en cambio el verdadero tesoro que puede conducirle a la paz en la vida terrena y a la salvación de su alma, e igualmente Rahula se convierte en discípulo del Buda.
También quisiera comentar, aunque someramente, la historia de Vedehica y su imprudente doncella Kali, ilustrando con este historia la importancia de la bondad y de la paciencia, virtudes ciertas sólo cuando se mantienen en circunstancia adversas. Vedehica, que vivía en Sravasti, tenía fama de ser dulce, clemente y pacífica. Kali, su sirvienta, cumplía siempre diligentemente sus obligaciones. Pero cierto día Kali pensó: “Mi señora tiene fama de ser dulce, clemente y pacífica. Ahora bien, ¿me oculta su furia última o es que realmente no siente cólera en su alma?. Voy a probar a mi señora”. Y al día siguiente, por primera vez, Kali se levantó cuando el día estaba ya muy avanzado. Y al preguntar a su sirvienta por qué se había levantado tan tarde, Vedehica simplemente dijo: “A mi sí me importa, mala sirvienta, que te levantes cuando el día está tan avanzado”. Y todo quedó en eso. Pero al día siguiente, Kali, probando nuevamente a su señora, se levantó aún más tarde. Y al tercer día, más tarde todavía. De forma que primeramente salieron palabras furiosas de la boca de Vedehica y, finalmente, ésta cogió una barra de hierro tirándola a la cabeza de Kali. La sirvienta, entonces, corrió con la cabeza ensangrentada a las casas de los vecinos, gritando: “¡Mirad las obras de la dulce!. ¡Mirad las obras de la pacífica!. ¡Contemplad lo que pasa con esa mujer que mantiene una criada”. Y Vedehica, desde entonces, tuvo fama de ser colérica, violenta y furiosa.
Tras narrar esta historia a sus discípulos, el Buda les aleccionó de la siguiente forma:
>> De igual modo, oh discípulos, se comportan algunos cuando les dirigen palabras dulces, apacibles y agradables. Pero el hombre debe mostrarse también dulce y pacífico cuando escucha palabras desagradables u ofensivas. Por lo tanto, oh discípulos, sed apacibles en todo momento. Es así como debéis ejercitaros”.
Pero que el hombre deba ser tranquilo y pacífico en toda circunstancia, no quiere decir que deba siempre soportar estoicamente las difamaciones o los insultos. En efecto, hay circunstancias en las que se puede responder al insulto de una forma adecuada, provocando el desconcierto o, al menos, el silencio de la persona que pretende ofendernos. Así, en cierta ocasión, el Buda fue injuriado por determinado individuo. Al cesar el hombre en sus injurias, el Buda le preguntó: “Hijo mío, si alguien no acepta el regalo que alguien le hace, ¿a quién pertenecerá el presente?”. Y el hombre contestó: “En tal caso, el regalo pertenecerá a quien lo ha ofrecido”. Entonces el Buda añadió: “Hijo mío, me has injuriado, pero yo no he aceptado tus injurias y te ruego que las guardes para ti. ¿No serán para ti una fuente de mal?. En la misma forma en que el eco pertenece al sonido y la sombra al cuerpo, así también el mal extinguirá probablemente a su autor. El perverso que menosprecia a un hombre virtuoso se parece a aquel que, levantando la cabeza, escupe al cielo: no consigue manchar al cielo, sino a su propio cuerpo. El calumniador se parece también al que, estando contra el viento, echa polvo a otro: el polvo regresará a aquel que lo arroja”.
Y vamos a entrar ya en el principal objeto de este capítulo: el que fue, con toda probabilidad, el último sermón del Buda. Este, ya anciano, sintiendo próximo el final de sus días, deseaba a toda costa que sus enseñanzas no se desvirtuaran. En esta ocasión, se dirige a Ananda, que a la muerte del Buda fue su sucesor.
El texto
El Buda habló a Ananda en representación de toda la orden, diciendo:
>> ¿Qué espera de mi la Orden?. He predicado la Verdad sin distinción de clase alguna, pues respecto a la Verdad, el Tathagata no tiene nada semejante al puño cerrado de un instructor que oculta alguna cosa. Ciertamente, ¡oh Ananda!, si alguien presumiera de ser guía de la Orden y creyese que es el fundamento de la Orden, debería dar las instrucciones pertinentes para su gobierno. Pero el Tathagata no cree que sea él quien deba guiar la Orden, ni tampoco se figura que en él descansa la Orden. ¿Por qué, pues, habría de dar el Tathagata instrucciones para su gobierno?.
>> Ya soy viejo, ¡oh Ananda!. Me cargan los años. Termino mis días. Voy a cumplir pronto 80 años. Y así como un carro viejo rueda con dificultad, así mi cuerpo sólo se sostiene con muchísimo cuidado. Unicamente se encuentra bien mi cuerpo cuando me sumo en fervorosa meditación, abstraído del mundo material. Así pues, sed vuestras propias lámparas, apoyaos en vosotros mismos y no en ningún sostén externo. Manteneos firmes a la luz de vuestra lámpara. Buscad la liberación en la Verdad y no pidáis auxilio a nadie más que a vosotros mismos. Porque, ¿cómo, oh Ananda, puede un hombre ser lámpara para sí mismo, si no se apoya en sí y no en algo externo, si no mantiene firme la Verdad y en la Verdad busca su salvación, sin otro auxilio qu el de sí mismo?.
>> Así pues, oh Ananda, ya que el hombre mora en un cuerpo, procure vencer los dolores dimanantes de los deseos del cuerpo. Que mientras esté expuesto a las sensaciones, las considere de tal manera que venza en este mundo el dolor resultante de las sensaciones. Así también, cuando piense y razone, considere sus pensamientos de tal modo que venza en este mundo el dolor resultante de los pensamientos. Y quienes ahora y después de mi muerte sean lámparas para sí mismos y busquen la liberación en la Verdad sin pedir auxilio externo, alcanzarán la iluminación.
>> Entrad en el Sendero. No hay más amargo dolor que el odio, ni sufrimiento como el de la pasión, ni engaño como el de la lujuria y la torpe sensualidad. Muy adelantado estará ya quien pisotea su vicio dominante. Entrad en el Sendero. Allí manan las salutíferas fuentes que apagan toda sed. Allí florecen las inmarcesibles flores que alegremente alfombran todos los caminos. Allí se apresuran las horas más veloces y felices. Más valioso que las joyas, es el tesoro de la Ley. Sed compasivos y no detengáis en su ascendente camino ni al más ínfimo ser. Dad y recibid generosamente. No arrebatéis a nadie, codiciosos, sus bienes con violencia o con fraude. No levantéis falsos testimonios. No calumniéis. No mintáis; la verdad es manifestación de la pureza interior. Absteneos de tomar drogas y bebidas que enturbien la mente. Iluminad vuestras mentes. No toquéis a la mujer de vuestro prójimo, ni cometáis pecados carnales ni contra naturaleza.
>> Quienes no puedan quebrar las oprimentes cadenas de los sentidos, y cuyos pies sean demasiado débiles para hollar la real calzada, deberán disciplinar su conducta de tal modo que todos los días terrenos transcurran irreprensibles practicando obras caritativas. Habrán de dar, aunque vacilantes, los primeros pasos por el Octuple Sendero, viviendo puros, humildes, pacientes, compasivos y amando a todos los seres como a sí mismos. Porque el mal es consecuencia del pasado mal y el bien procede del pasado bien. Obrando de tal modo, se libera el hombre de su personalidad, auxilia al mundo, acrecienta su dicha en la vida siguiente y adelanta en su perfección.
Comentarios
Las palabras del Buda en el texto anterior son una especie de recopilación de toda su doctrina. En él se señala cuál debe ser la conducta del hombre, no sólo del monje, sino también del laico. Y hay algo importante sobre lo que merece la pena que nos detengamos un instante: En primer lugar, el Buda aclara que nadie, ni siquiera él mismo, debe ser fundamento de la Orden. Algo más adelante, añade:”Sed vuestras propias lámparas, apoyaos en vosotros mismos y no en ningún sostén externo”. Ambas cosas tienen una estrecha relación, pero vamos a analizarlas por separado:
1º ¿Qué quiere decir el Bienaventurado al afirmar que nadie debe ser sostén de la Orden?. La Orden religiosa y, por extensión, toda la comunidad budista, debe tener una “cabeza visible”, como por ejemplo lo es el Papa como cabeza de la Iglesia católica. Sin embargo, tal cabeza visible no deberá tener en el budismo mayor significado que la de “representar” al resto de los fieles. Su jefatura deberá ser sólo nominal. No se revestirá con los ropajes de un rey que tenga toda una gran corte a su servicio, que dicte normas que deban ser cumplidas y que castigue a quienes no las cumplan.
2º ¿Y el budista de la calle?. ¿Y el propio monje?. ¿No tienen todos ellos, pues, una cabeza rectora a través de quien creer, por quien obrar, a la que obedecer?. Vayamos directamente al problema. Recordemos que el Bienaventurado dice: “ Apoyaos en vosotros mismos y no en ningún sostén externo”. Ni siquiera el propio Buda desea ser sostén de la Orden. Bien, ¿qué significa todo eso?. Veámoslo. Contra lo que pudiera parecer al que no conoce esta religión, el budismo no tiene dogma alguno, es decir, no tiene “verdades de fe” en las que creer sin comprenderlas, como sucede en otras religiones. Todo el edificio de la religión budista se cimenta sobre la razón, sobre unas bases puestas al descubierto por el Bienaventurado. Este no hace más que “desvelar lo oculto”, de forma que cualquiera pueda verlo, comprenderlo y, de esta forma, encaminar sus pasos en la vida para conseguir la segura salvación. Por lo tanto, el hombre debe ser “lámpara para sí mismo”, al haber comprendido las enseñanzas del Buda. Y éste añade: “Y quienes ahora o después de mi muerte sean lámparas para sí mismos y busquen la liberación en la Verdad sin pedir auxilio externo, alcanzarán la iluminación”.
Al Buda se le venera, no se le adora como piensan algunos. ¿Y Dios, el Absoluto?. No olvidemos que el concepto de la divinidad en budismo es completamente diferente del concepto cristiano. Si el Absoluto es Ley, la cual obliga al hombre a la realización de buenas acciones y al rechazo de las malas; si la Ley dicta inexorablemente el destino del alma después de la muerte en función de su karma, ¿cómo el hombre va a pedir en un momento dado al Absoluto que altere la Ley que él mismo representa?. Tampoco al Absoluto puede el hombre, pues, solicitar ayuda. La yuda deberá venirle, por fuerza, de sí mismo, de la comprensión de la Doctrina y del cumplimiento de la misma. El sólo será quien pueda salvar su alma o condenarse a sucesivos renacimientos.
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